África enamora, por Marta Alcover

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Quien me conoce sabe que soy de pocas palabras, incluso más bien de estar en silencio. Por mucho que explique mi vivencia sobre cualquier experiencia vivida, no deja de ser eso, mi vivencia, la mía, la que ha sentido mi corazón y la que ha procesado mi mente a través de mis ojos y mis sentidos. Las palabras, muchas veces, no alcanzan a explicar el significado de esas aventuras.

¡Y vaya experiencia la que he vivido…! Sin duda, ésta ha sido la más bonita y especial con diferencia. Ya lo presentí en el tercer y último avión que cogí para llegar a Uganda. En ese vuelo, tuve cerca de mí a ellos y ellas. A la gente de África. No podría haber imaginado mejores sensaciones como viajera. Estaba empezando a sentir África… y prometía: Inmensa, Especial, Genuina, Todo corazón. Los hombres, mujeres, niños y niñas que iban entrando y buscando su asiento, me enamoraron. En ese momento, sentí su vibración. Allí sentí el Amor. Un amor puro, enorme, noble, limpio,…un amor con ritmo. Sí, vivo , pleno, latente. Así llegué, oliendo Amor por todas las esquinas. Y así he vuelto, llena de Amor. Rebosante de Amor.

Desde el primer día, dentro del tráfico estresante de Kampala, recorriendo sus calles en boda-boda (mototaxi muy extendido en toda Uganda), ya aprendí que debía dejarme llevar, sin miedo, confiando en el conductor… Automáticamente, mi cuerpo se relajó de tal manera que disfruté como una niña de esa excitante experiencia. Y a partir de ese momento, seguí todos los que vinieron así, con esta idea: fluyendo. Observando, en silencio pero a la vez comunicando. Me bastó el contacto visual, el apretón de manos de cada día y las sonrisas tímidas, para sentirme mejor que en mi casa.

Pero no sólo eso. También entendí, a mi forma de ver, observando sus cuerpos, sus movimientos, su expresión… que son la raíz, el origen de la humanidad. La vida, el Amor, nace allí. Lo vi muy claro.

Ganas, entusiasmo, empeño, insistencia, constancia, creatividad, libertad… son algunas de las muchas cualidades que he podido apreciar en los alumnos/as.

Repetían sin cansancio las veces necesarias para aprender unos pocos compases. Repetían sin cansancio el do grave hasta, ¡que por fin!, sonó.

Repetían sin cansancio la síncopa para lograr darle el toque rítmico a esa canción.

Y Además, daban rienda suelta a su creatividad. Esto acabó por cautivarme. Pude escuchar canciones compuestas por ellos mismos. Melodía y letra. Y no sólo eso, sino también grabación y edición. Para acabar rematando con un videoclip. Me enamoró ver y sentir sus improvisaciones con la base de un piano (cuyo instrumento no se enseña pero aún así le sacan el rendimiento de manera autodidacta).

Así estaban, jugando con la música, evolucionando, madurando, liberando su espíritu, potenciando sus capacidades creativas y todo esto, juntos. De ahí que, el compartir con los demás, sea algo tan cotidiano y normal. Así es, todos son brothers y sisters. Hay un lazo entre ellos de hermandad, de respeto y de cariño. Han crecido juntos, en la calle. Han aprendido a respetarse y quererse y, sobre todo, a mantener limpio ese vínculo, que aún sin ser de sangre, es fuerte y leal. Todos son familia. Y el ritmo y la música son la sangre que los une.

¿Y qué es todo esto sino Amor?

Ya lo oí decir una vez …. “África enamora!”.

Y de qué manera.

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