“Ugando” todo al negro

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Fueron dos semanas en mi caso. Ni llega. Pero más que suficientes para tomar consciencia de que, aparte de hacer gala de una suerte de calambur tirando a mediocre, el título del presente encierra una realidad.

Es una de esas experiencias que parece que no vives, sino que te vive. Un ser humano se halla indefenso ante el aluvión de sensaciones desconocidas que repentinamente deglute en tromba y sin previo aviso, y de ahí la posible inversión del orden vivencial.

No me detendré en aspectos como el verdor de su paraje (alejado de la gama de marrones que siempre se tiende a achacar al continente africano), o la manida pobreza material, que no es más que una forma autocomplaciente de definir la ausencia de necesidades creadas, o la ternura que despiertan los niños cuando te saludan inundados de ilusión por el mero hecho de ser munrú (extranjero, blanco), o los desórdenes sociales, verbigracia, el ocasional tratamiento de la prole como medio de producción o trabajo, o las dificultades más que normales de adaptación a un cambio integral de hábitos, o los baches de la calzada en los que puedes hacer rápel. No, prefiero centrarme en aquello que no consta en el imaginario colectivo, aunque adelanto al lector que se trata únicamente de un breve acercamiento escrito, no de un spoiler sensitivo o emocional. O estás allí o, en términos colonialistas, te quedas sin catar la tarta. Dulce, sin duda.

Y metidos en harina, el recién llegado repara esencialmente en el núcleo de la riqueza de un país – más allá de la cantidad de lingotes de oro que alberga un cuarto sótano del banco central, o el alcance de un armamento, o los litros de crudo que almacena un subsuelo, o lo que diablos se invente el sistema económico internacional – : las personas. La sonrisa es prácticamente el leitmotiv del ugandés, y detecté una doble finalidad iluminadora. Literalmente, no hay modo de verles una vez cae la noche salvo que en efecto la dentadura nos indique que hay alguien ahí. Del lado figurado, irradian ese tipo de felicidad pura, sin paliativos y dotada de esa nobleza que de Estrecho para arriba se encuentra en peligro de extinción, con millones de cazadores furtivos buscando rematar el trabajo que algún “iluminado” inició a saber cuándo.

Ahondando en este sentido, no existe el “por el qué dirán” o el “de cara a la galería”. La sinceridad de sus gestos o actos no admite fisuras ni velos. El que suscribe estuvo alojado con miembros de Vura Music Project, los cuales pertenecen a ese selecto grupo formado por buenas personas en todas sus vertientes. Pues bien, no siendo técnicamente un voluntario de Solidarios con Arua – Arua Elkartasuna, ONG promotora del proyecto, tanto ésta (dándome asimismo la posibilidad de participar funcionalmente en sus actividades con los alumnos) como los lugareños que tuve la fortuna de conocer no escatimaron en esfuerzos para hacerme sentir uno más. Sin esperar nada a cambio. Sin más.

En síntesis, la experiencia se traduce tanto en cooperación, formación y transmisión de valores, como en autocrecimiento y autodescubrimiento. La labor de la que fui testigo y parte mejora a las personas, y tú mejoras como persona, sencillamente. Y la impartición de música como hilo conductor es más que acertada, providencial. Todos ganan, nadie pierde.

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África enamora, por Marta Alcover

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Quien me conoce sabe que soy de pocas palabras, incluso más bien de estar en silencio. Por mucho que explique mi vivencia sobre cualquier experiencia vivida, no deja de ser eso, mi vivencia, la mía, la que ha sentido mi corazón y la que ha procesado mi mente a través de mis ojos y mis sentidos. Las palabras, muchas veces, no alcanzan a explicar el significado de esas aventuras.

¡Y vaya experiencia la que he vivido…! Sin duda, ésta ha sido la más bonita y especial con diferencia. Ya lo presentí en el tercer y último avión que cogí para llegar a Uganda. En ese vuelo, tuve cerca de mí a ellos y ellas. A la gente de África. No podría haber imaginado mejores sensaciones como viajera. Estaba empezando a sentir África… y prometía: Inmensa, Especial, Genuina, Todo corazón. Los hombres, mujeres, niños y niñas que iban entrando y buscando su asiento, me enamoraron. En ese momento, sentí su vibración. Allí sentí el Amor. Un amor puro, enorme, noble, limpio,…un amor con ritmo. Sí, vivo , pleno, latente. Así llegué, oliendo Amor por todas las esquinas. Y así he vuelto, llena de Amor. Rebosante de Amor.

Desde el primer día, dentro del tráfico estresante de Kampala, recorriendo sus calles en boda-boda (mototaxi muy extendido en toda Uganda), ya aprendí que debía dejarme llevar, sin miedo, confiando en el conductor… Automáticamente, mi cuerpo se relajó de tal manera que disfruté como una niña de esa excitante experiencia. Y a partir de ese momento, seguí todos los que vinieron así, con esta idea: fluyendo. Observando, en silencio pero a la vez comunicando. Me bastó el contacto visual, el apretón de manos de cada día y las sonrisas tímidas, para sentirme mejor que en mi casa.

Pero no sólo eso. También entendí, a mi forma de ver, observando sus cuerpos, sus movimientos, su expresión… que son la raíz, el origen de la humanidad. La vida, el Amor, nace allí. Lo vi muy claro.

Ganas, entusiasmo, empeño, insistencia, constancia, creatividad, libertad… son algunas de las muchas cualidades que he podido apreciar en los alumnos/as.

Repetían sin cansancio las veces necesarias para aprender unos pocos compases. Repetían sin cansancio el do grave hasta, ¡que por fin!, sonó.

Repetían sin cansancio la síncopa para lograr darle el toque rítmico a esa canción.

Y Además, daban rienda suelta a su creatividad. Esto acabó por cautivarme. Pude escuchar canciones compuestas por ellos mismos. Melodía y letra. Y no sólo eso, sino también grabación y edición. Para acabar rematando con un videoclip. Me enamoró ver y sentir sus improvisaciones con la base de un piano (cuyo instrumento no se enseña pero aún así le sacan el rendimiento de manera autodidacta).

Así estaban, jugando con la música, evolucionando, madurando, liberando su espíritu, potenciando sus capacidades creativas y todo esto, juntos. De ahí que, el compartir con los demás, sea algo tan cotidiano y normal. Así es, todos son brothers y sisters. Hay un lazo entre ellos de hermandad, de respeto y de cariño. Han crecido juntos, en la calle. Han aprendido a respetarse y quererse y, sobre todo, a mantener limpio ese vínculo, que aún sin ser de sangre, es fuerte y leal. Todos son familia. Y el ritmo y la música son la sangre que los une.

¿Y qué es todo esto sino Amor?

Ya lo oí decir una vez …. “África enamora!”.

Y de qué manera.