Apoyos internos, implicación de los voluntarios

IMG_6403Como hace muchos días que no damos ningún informe de nuestros avances, ya era el momento de escribir unas palabras contando nuestras venturas y desventuras.

El título de este documento se debe a dos elementos fundamentales para el normal desarrollo de Vura Music Project. En el lado interno, nos referimos principalmente a las escuelas que son parte del proyecto, aquellas de donde viene nuestro alumnado. En Adjumani, como hiciéramos en Moyo, hemos invitado a tres escuelas a integrarse con nosotros y formar parte del proyecto. Todas han respondido bien, pero hemos encontrado un apoyo muy fuerte en una de ellas, en Cesia. Nuestras clases, salvo la de lenguaje musical, se han centralizado en su escuela. La disposición y la disponibilidad son totales y de esa manera resulta muy fácil trabajar. A pesar de la total novedad de la escuela, el alumnado está respondiendo bien, acudiendo en su mayoría a las clases. En Moyo, la escuela Moyo Girls también nos está ayudando mucho al permitirnos utilizar sus instalaciones. Sin embargo, después de dos años de proyecto (el piloto en 2014 y el primer año con voluntarios en 2015), los chicos y chicas que acuden a nuestras clases desde el principio, apenas eran capaces de leer partituras. Estamos intentando rediseñar las clases, delegando gran parte de la responsabilidad en los alumnos mayores. Las clases se están dirigiendo en gran medida a realizar lecturas fáciles con el instrumento. Aún es pronto para decirlo, pero la sensación es la de que estamos realizando avances notables en poco tiempo. Las clases han dejado de darse en departamentos estancos y todos los profesores colaboran los unos con los otros. Además, esto ha ocurrido durante la marcha prematura de uno de los profesores, lo cual ha exigido hacer de la adversidad virtud.

Aprovechamos también esta nota para anunciar que ya hemos contactado con un nuevo profesor de trombón. Todor nos acompañará desde mediados de septiembre hasta diciembre. ¡Bienvenido al proyecto!

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Primeros pasos, primeras impresiones, por David Orduña (y II)

Durante la semana “de puertas abiertas” se produjo una anécdota que iba a desencadenar uno de los episodios más gratificantes vividos hasta ahora.
Durante una clase, me encontré de repente con tres chicos algo mayores sentados en el aula. No los vi llegar (doy las clases en el auditorio del centro) y me los encontré a los tres, mirando en direcciones opuestas, uno de ellos al techo con unas gafas naranja fosforito.
En mi ignorancia, pensé: “¿Estos vienen de un after?”
El caso es que no les presté mucha atención (bastante tenía con el caos de alumnos y alumnas antes descrito). Pero al finalizar las clases, aún seguían allí, así que me acerqué a preguntarles a ver si querían algo.
Al acercarme me di cuenta de que… ¡¡¡eran invidentes!!!
Me explicaron que querían aprender música, concretamente trompeta. Me produjo una ilusión tremenda, así que se lo comenté inmediatamente a Aritz, a quien le pareció una buena idea. La verdad es que de un modo casual nos encontramos con una herramienta integradora de otro sector poblacional con dificultades de integración.
Pero fue al dia siguiente donde se produjo una de las experiencias más reconfortantes de mi vida. Thomas Akuti, Anyanzo Samson y Drichi Emanuel, que es como se llaman los tres chicos invidentes, aparecieron para recibir su primera clase.
La verdad es que cuando me planteé la posibilidad de enseñar a invidentes, no me pareció que hubiera problemas especialmente difíciles de solventar. Al menos en una primera fase, no necesitarían aprender la lectura (lo cual precisaría de medios de escritura Braille). Podríamos trabajar mediante el oído y la improvisación (algo a lo que estoy bastante acostumbrado) e incluso aprender por imitación auditiva las canciones de la banda.

Sin embargo, al comenzar las explicaciones, me di cuenta de que las incicaciones iniciales referidas a postura y embocadura (colocación de la boca en la boquilla), no eran tan sencillas, al carecer del “ejemplo visual” y requerir de un lenguaje técnico que, al carecer yo de un gran nivel de inglés, ralentizaría la comprensión.
Y es ahí donde se me encendió una bombilla y pedí ayuda a dos alumnas allí presentes: Mokomiko y Aua.
El resultado inmediato fue tan espectacular que al instante decidí que mi única labor en ese momento debía ser observar. Observar y compartirlo con vosotros, mediante este video.
En educación hablamos mucho de sinergias, pero nunca me había encontrado con un episodio sinérgico así y además producido de un modo tan natural.
No es baladí el hecho de que sean niñas las que se involucran en este proceso de aprendizaje, tomando consciencia de un valor como personas que a veces la propia sociedad les niega.
Al finalizar la clase, les comenté mi felicidad, y les expliqué que no era un proceso en el que unos ayudan y otros son ayudados. Quien enseña, aprende del enseñado y viceversa.
Acto seguido, les ofrecí a las dos niñas un sustancioso contrato: ellas ayudarían en clase a los chicos invidentes, a cambio de dos caramelos semanales. Les hice unas tarjetas identificativas como “teacher assistant” y se fueron a casa orgullosísimas de su labor.
El resto de la semana, no se han limitado a trabajar juntos en clase, sino que varios días los he visto, haciendo su trabajo de teacher assistants durante el tiempo de estudio libre, por los jardines del recinto.
Y bueno, creo que ya estoy hablando demasiado. Basta con ver el vídeo, sobran las palabras.
Disfrutadlo.